Khimsar, una Fortaleza en el Desierto Indio
En el punto en que comienza el desierto del Thar adentrándome en éste en un cuatro por cuatro, ante mí se recortó la silueta poderosa e imponente del Castillo de Khimsar, que se alza como guardián que advierte del peligro que se cierne sobre el que se atreva a penetrar en el reino del silencio. Las dunas crecen a medida que el viajero entra en las arenas rojizas y calientes del Thar y desde la alta torre del castillo en la que me hospedé, se divisa el horizonte en el que sólo el sol y las arenas calcinadas reinan en un desierto en el que sólo crecen arbustos de diminuto tamaño, anunciando que otrora fue un lugar verde en el que posiblemente abundaron palacios con jardines hoy tragados por las arenas.
En la terraza cubierta por un chapitel de paja sobre cuatro columnas, es agradable tomar algo fresco antes de internarse en la nada que es el Thar. Me colgué la mochila y cuando Marta estuvo lista también salimos al patio de armas donde un jeep esperaba nuestra presencia para salir a las afueras del castillo.
El todoterreno saltó como un caballo encabritado por los pedregosos caminos casi cubiertos por las arenas y poco a poco sentimos como éstas se adueñaban del suelo por completo. Cuando se hizo imposible avanzar más abandonamos el jeep y lo cambiamos por camellos que nos elevaron sobre sus jorobas y nos balancearon sobre sus lomos con lento trote adentrándonos en el desierto para entrar en comunión con el silencio del alma.
Dejamos los camellos en una tarde ardiente sobre la cresta de una gran duna con el guía cuidándolos y nos adentramos a pie entre las dunas barridas por una brisa que crecía en fuerza a medida que el sol se ocultaba, cambiando el aspecto del paisaje por momentos.
Ascendimos por una enorme duna hasta su cumbre y nos sentamos esperando el instante preciso para disparar nuestros equipos fotográficos, atrapando el momento en que el sol se revelara en todo su esplendor aquella tarde. Cuando consideramos que había llegado ese minuto disparamos ambos como deseando que aquel momento quedase impreso para siempre en nuestras mentes y objetivos. Una vez más, rendimos homenaje a la madre naturaleza que generosamente nos ofrecía su encanto sólo para nuestros ojos. Descender la duna resultó más fácil, pero al mirar a lo lejos no encontramos los camellos y comenzamos a andar en la dirección que creímos correcta, hasta que tras la duna elegida vimos el vacío que nos precipitó en un acuciante nerviosismo. Dimos varias vueltas sin hallar la duna tras la cual nos esperaba el guía hasta que vimos asomar la cabezota de un camello tras una de ellas y corrimos hacia él.
El guía impertérrito nos esperaba a pie firme sin inmutarse consciente de que regresaríamos, cosa que estuvo a punto de no suceder. En medio del desierto los conductores del jeep nos ofrecieron al regreso a la frontera de las dunas, un té con hierbas servido por sus manos diestras que nos reconfortó del mal momento pasado. Una alfombra cubría parte del suelo creando una atmósfera mágica y las risas no tardaron en aflorar a nuestros rostros agradecidos.
Tornamos al castillo para descansar y partir al día siguiente con rumbo a Jaisalmer… un lugar lleno de fantasía. En el patio, un estanque sirvió de decorado para una fiesta popular y sus bailes típicos nos hicieron olvidar todo lo que no fuese el ambiente que nos rodeaba lleno de matices.










